De cómo el smartphone volvió loco al periodista

De cómo el smartphone volvió loco al periodista

Los teléfonos inteligentes son grandes amigos de la información, pero el periodismo en smartphones ha puesto patas arriba muchas redacciones tradicionales.
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Uno de los más grandes periodistas que ha dado este país, Enric González, hizo una de las sentencias más deprimentes sobre este oficio que nos ocupa a muchos: hacerlo bien es imposible. Así, a quemarropa. «Se trata de evitar hacerlo muy, muy mal, de mentir o de equivocarse estrepitosamente», decía. La realidad es algo extremadamente complejo y es imposible que un cerebro lo procese, menos aun el de un periodista. Plasmarla en un texto, audio o video sin simplificar o caer en inexactitudes por pequeñas que sean es una utopía. A eso hay que sumarle los intereses generados alrededor de lo que tratas de contar, gabinetes de prensa que tratarán de guiarte hasta que cuentes lo que a ellos quieren, luchas contra lineas editoriales y, sobre todo, las propias ineptitudes del periodista.

En los últimos años, el periodismo se ha visto envuelto en una tormenta perfecta. La crisis económica y la revolución tecnológica han hecho caer en picado los ingresos tradicionales -ventas y publicidad- mientras que las nuevas vías de monetización no son lo suficientemente rentables como para poder mantener la estructura que los grandes medios de comunicación. De todos los gadgets que han aparecido en los últimos años, ninguno representa esta revolución tecnológica como el smartphone, una herramienta con el potencial de ser un gran aliado del periodista, pero también para ser un gran enemigo.

Periodismo en smartphones: La noticia llega al lector, no el lector a la noticia

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Precisamente mientras escribo estas líneas, mi Sony Experia Z1 ha vibrado: la aplicación de El Mundo me avisaba de que Günter Grass, premio Nobel de literatura ha muerto con 87 años. Un par de minutos después, El País me notificaba el deceso. Hace veinte años, la gente leía el periódico por la mañana, veía el telediario al mediodía y por la noche, y escuchaba algún boletín radiofónico a lo largo del día. Hace diez, entrábamos dos o tres veces al día a leer noticias en Internet y solíamos tener la web de algún diario abierta en una pestaña mientras estábamos haciendo algo con el PC.

Ahora miramos Facebook mientras esperamos el autobús, entramos en Twitter mientras el amigo con el que tomamos unas cañas se ha ido al baño y miramos Feedly cuando quien va al baño somos nosotros. Los smartphones nos han convertido en criaturas ávidas de noticias y eso obliga al periodista a trabajar en un contrarreloj permanente. Tradicionalmente, este contrarreloj era, básicamente, terreno de la radio, mientras que el periodista de prensa podía permitirse reflexionar e investigar más sobre el tema. Ya no.

La pantalla, cada vez más pequeña

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En el mundo anglosajón, cuna del periodismo, los diarios más respetados se distribuían en un formato sábana, y este nombre no es gratuito ya que podía llegar a medir hasta 50 centímetros de alto. El New York Times, el Washington Post o el Daily Telegraph aun se imprimen en este formato, aunque algunos como The Guardian ya han reducido su tamaño.

Aunque la aparición de los phablets han hecho crecer las pantallas de nuestros bolsillos, el contraste es enorme. El formato sábana típico británico es de 375×597 mm, el Samsung Galaxy Note 4 mide 153,5×78,6mm. Esto puede parecer un problema no muy grande dado que en la pantalla de un smartphone te puedes mover, pero lo cierto es que antes un lector podía ver con un solo golpe de vista todo el artículo que iba a leer (o no): longitud, fotografías, despieces, destacados, ladillos y todos los elementos que lo forman y con ello hacerse una mejor y más rápida idea que al leer el titular en su teléfono.

La dictadura del click

Click

Permítanme que empiece este párrafo con una cosa que no me gusta ver en artículos periodísticos: una anécdota personal. En 2009 realicé unas prácticas en la web de Mundo Deportivo. A falta de unos días para la final de Champions, un redactor realizó una comparativa muy trabajada entre las plantillas de Manchester United y del FC Barcelona. De manera más o menos simultánea, se publicó un video de una mascota de la NBA, Bango de los Milwaukee Bucks, que tenía la brillante idea de subirse a la canasta a hacer el ganso, sólo para caer por dentro del aro, engancharse con la red y darse un porrazo de mil demonios que, por cierto, le destrozó la rodilla. Unas horas después, el video arrasaba en visitas al resto del contenido.

Por primera vez en la historia del periodismo, las publicaciones tienen datos exactos de qué noticias lee la gente y eso ha acabado por desvelar un panorama desolador. Para verlo basta pasarse un rato por los widgets donde los diarios muestran sus noticias más leídas, donde el Photoshop de Maria Carey tiene más visitas que el pacto nuclear de Irán y EEUU. En un panorama económico más favorable es posible que los medios hubieran podido resistirse a esta dictadura, pero ahora si trae clicks hay que ponerlo.

Con el advenimiento de las redes sociales esto sólo se ha multiplicado. Ahora una buena parte de las visitas vienen a través de los enlaces en Twitter o Facebook, y el lector ya no navega tanto por la web.  El titular tiene que caber en un tuit, con el enlace y una foto para que sea más llamativo, y pensando en que el contenido debe viralizarse. Si el smartphone redujo la página del formato sábana a una pantalla de cinco pulgadas, las redes sociales han reducido la noticia a 140 caracteres.

El periodista todoterreno

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Con un smartphone, un periodista puede acudir a un evento, grabar el video, editarlo, sacar un audio, fotos y escribir la crónica. Explicado así suena muy bien, resulta más barato enviar a un tipo que a dos, pero acabamos volviendo a lo mismo: la calidad de la información y de la presentación se acaba resintiendo. Es imposible que una persona escriba, edite video y locute igual de bien, y menos si tiene que hacerlo todo antes de que se le adelante la competencia.

Los smartphones han facilitado este tipo de prácticas en el periodismo, pero lo cierto es que es anterior. Ya en 2008 la Agencia Catalana de Notícies ya enviaba a sus reporteros con una maletita en la que llevaban todo lo necesario para que una sola persona pudiese proveer de material a prensa, radio y televisión. Entonces los demás periodistas los miraban sorprendidos, ahora ya están curados de espantos.

El periodismo ciudadano

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Cualquier persona puede ser periodista, eso siempre ha sido así. De hecho, muchas veces los no-periodistas son mejores periodistas que los propios periodistas, prueba de ello es que lo correcto es recurrir a los especialistas o testigos para explicar ciertos hechos que van más allá de la capacidad del redactor. Para ser periodista sólo hay que tener ganas de contar algo y honestidad, todo lo demás es, como decía Enric González, intentar no hacerlo rematadamente mal.

En un momento en el que los medios de comunicación tienen la reputación a la altura del betún, las nuevas tecnologías, smartphone a la cabeza, han permitido que cualquiera pueda pueda transmitir información desde cualquier recoveco del mundo y tener un mayor alcance de lo que los más grandes medios de comunicación han tenido durante décadas. Un extraordinario ejemplo de esto son tuvo lugar durante las protestas en 2013 en Rio de Janeiro, los medios de comunicación no publicaron nada sobre la violenta represión policial, pero un puñado de personas armadas con un smartphone hicieron ver al mundo lo que estaba realmente ocurriendo.

Twitter, Facebook, Youtube la blogosfera son algunas de las nuevas comunidades que han aparecido con las nuevas tecnologías y que han quitado a los medios tradicionales el monopolio de la información. Pero esto también tiene un lado oscuro. El periodismo le quitó la información al poder, luego quiso convertirse en poder y al final ha acabado en parte reducido a ser el sabueso del poder.

Nada hace pensar que al periodismo ciudadano no le pueda pasar lo mismo. Hoy muchas veces damos más credibilidad a lo que leemos en un tuit del vecino que a lo que leemos en el periódico cuando el tuit puede estar tan equivocado o malintencionado como cualquier medio de comunicación. Un buen ejemplo de ello es un meme que corrió como la pólvora atribuyendo a Cristina Cifuentes una frase que en realidad pertenecía a una concursante de ¿Quién quiere casarse con mi hijo?, Toya Casinello.

El resurgir del periodismo

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Pero algún día saldremos de la crisis -eso o en dos años estamos en plan Mad Max-, los ingresos se estabilizarán y el periodista no tendrá que hacer el trabajo de dos por el sueldo de medio, ese día el smartphone será la herramienta más poderosa que jamás han tenido un periodista. Bob Woodward y Carl Bernstein hicieron dimitir a un Presidente de Estados Unidos, John Reed narró la Revolución Rusa en primerísima persona, y Oriana Fallaci ofreció una de las visiones más crudas de la guerra desde Vietnam. ¿Qué hubieran dado ellos por poder enviar mensajes en directo al bolsillo de sus lectores?

Decir esto es un tópico, pero aunque las nuevas tecnologías ya no son tan nuevas, muchas siguen en pañales y tienen todavía muchísmo que evolucionar. El periodismo tiene que adaptarse a las nuevas circunstancias aunque a las grandes empresas del sector les cueste moverse en parte al miedo que han tenido muchos ejecutivos a adaptarse a nuevos formatos hasta que han visto que o cambiaban o todo se les venía abajo. Pero el periodismo se adaptará, y cuando lo haga tendrá en sus manos todas las herramientas para ser mejor periodismo que nunca.

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